REFLEX-RESEÑAS

Semillas, de Desirée Acevedo: Sembrar para el Futuro

Cuando creé mi proyecto de Al Trasluz de los Cuentos tenía claro mi objetivo: sembrar semillas de conciencia, transformación y crecimiento, usando como herramienta la sabiduría de los cuentos.

Ese sigue siendo el objetivo. Tanto en las sesiones de cuentos dirigidas a niños/as y adultos como en los talleres de crecimiento personal busco lo mismo: tocar el alma, despertar algo, sembrar una semilla que sé que con el tiempo florecerá.

Por eso me ha gustado tanto el cuento Semillas de Desirée Acevedo, porque siendo un homenaje a los maestros y las maestras, este álbum ilustrado contiene una filosofía que siento muy mía: la de sembrar para el futuro.

El valor de quienes siembran.

El cuento, ilustrado también por la autora en modo collage, nos presenta a un/a jardinero/a que se dispone a sembrar unas semillas: «Sacó de su interior las semillas. Todas eran diferentes. Pero todas eran pequeñas, frágiles y llenas de vida«. Cada una requiere cuidados diferentes: unas más agua, otras más sol, unas espacio…pero en el fondo, todas necesitan lo mismo: cariño, atención y respeto a su propia manera de ser.

Es una metáfora preciosa del papel de los docentes que, con paciencia y entrega, cuidan a cada niño y niña como un ser único. ¡Y qué importante es esta labor en el desarrollo de los más pequeños!

Pero también es un recordatorio: no solo los maestros y maestras tienen esta responsabilidad. Todos los adultos tenemos la tarea de cuidar y acompañar a los niños y niñas que nos rodean, pues nuestras palabras y gestos también son semillas.

De esto hablo en mi post El Poder de la Educación: Sanando Almas Adultas y Sembrando Futuro en los Niños, donde profundizo en la importancia de educar y reeducar desde el amor y la conciencia.

Una metáfora que también nos alcanza

Leer Semillas me hace pensar que no solo los niños necesitan cuidado. También los adultos seguimos necesitando espacios de atención, escucha y autocuidado.
Por mucho que crezcamos, nunca dejamos de ser frágiles en ciertos aspectos, y para ofrecer cuidado emocional es fundamental estar emocionalmente sano. Y estar emocionalmente sano es fundamental para una vida plena.

Lo que cultivamos en nosotros mismos, lo transmitimos a los demás. Lo que te das, es lo que das. Y lo que siembras, recogerás.

Recomendación

Por todo esto, recomiendo Semillas como un libro imprescindible:
🌱 Un regalo perfecto para profesorado al final de curso.
🌱 Un recurso en el aula para hablar de diversidad y cuidado mutuo.
🌱 Una lectura compartida en familia que invita a reflexionar.

Porque cada niño y niña, como cada semilla, necesita un tipo de atención especial para poder florecer en plenitud. Y también nosotros, como adultos, necesitamos recordarnos que sembrar con amor es la mejor forma de transformar el futuro.

Aquí os dejo la narración del principio del cuento:

REFLEX-RESEÑAS

¿Y yo qué puedo hacer? Pequeños Gestos que Cambian el Mundo.

“A veces las noticias nos abruman y sentimos que no podemos hacer nada. Pero un cuento me recordó que los pequeños gestos cotidianos también cambian el mundo.”

En casa, comíamos viendo las noticias.

Lo odiaba.

  • ¿Por qué vemos las noticias a la hora de comer? Se me quita el hambre – le reprochaba a mi padre.
  • Porque hay que estar enterado de lo que pasa en el mundo – me respondía sin quitar la mirada de la tele.

Lo pasaba mal, tanto, que de mayor ni leo periódicos ni veo noticias. E incluso muchos años he estado sin tele en casa.

Pero ahora están las redes sociales. Y no solo te muestran las noticias, sino también cómo se siente todo el mundo con respecto a ellas. A veces, abres Instagram o Facebook y lo que te invade es la negatividad, el enfado o la tristeza ajena.

Y entonces surge la pregunta:

¿Y yo qué puedo hacer?

O cierras la aplicación o te contagias de esa energía.

Soy muy sensible a esas cosas. Por eso suelo llenar mis redes de reflexiones que van hacia lo que sí podemos hacer. Hacia la positividad. Porque así es la vida, con sus alegrías y sus desgracias, y a veces, nos sentimos abrumados con las desgracias grandes que le pasan a otros, que vemos en las noticias, en las redes… pero, ¿Qué podemos hacer?

Tal vez no podemos hacer nada con lo que ocurre en otros lugares, pero sí podemos hacer mucho en nuestro entorno.

Aunque no conozcamos a la persona.

Puedes ayudar a tu vecina con el carrito del bebé y las bolsas de la compra.

Puedes tender la mano a alguien que baja las escaleras con dificultad.

Puedes dejar que alguien se siente contigo en el bar cuando no quedan mesas libres.

Puedes ofrecer un bocadillo o ropa a quien rebusca en la basura.

Sí, puedes hacer muchas cosas.

Y esas pequeñas cosas son las que, de verdad, cambian el mundo. Son las que transforman un día gris en uno más luminoso, las que alivian una carga o acompañan una soledad.

Porque siempre que se nos presente la ocasión podemos tener la siguiente pregunta en la punta de la lengua:

¿Y yo qué puedo hacer?

Cuento: ¿Y yo qué puedo hacer?, José Campanari y Jesús Cisneros. Editorial: OQO Editora.

Aquí tenéis una narración del inicio del cuento.
Y aquí hablando un poquito sobre él.

REFLEX-RESEÑAS

Reflexionando sobre El pez arcoíris: compartir sin perderse en el otro.

A pesar de estar publicado desde 1992 y recibir numerosos premios, El pez arcoíris (Marcus Pfister) no ha caído en mis manos hasta este momento. Es un cuento con unas ilustraciones hermosísimas y una sencilla y bonita historia para empezar a trabajar valores con los más pequeños.

El cuento nos presenta a un pez de colores con escamas relucientes que se siente único. Tan único, que se cree superior al resto de los peces y no comparte su brillo con nadie. Poco a poco, su soledad le muestra que la arrogancia no trae alegría y al final, decide compartirlas y así consigue amigos.

De entrada, es un bonito mensaje sobre la amistad y el saber compartir, pero a mí me abrió la puerta a una reflexión más profunda:

¿Es necesario dejar de brillar para que nos acepten?

¿Debemos renunciar a lo que nos hace especiales para que nos quieran?

Una versión adaptada para trabajar la autoestima

Me gustaba la enseñanza del cuento, pero me chirriaba esas dos cuestiones, por eso, en la Escuela de Verano de El Secadero quise hacer una adaptación de El pez arcoíris para trabajar la autoestima infantil con los peques de 4 y 5 años.

Les conté el cuento, tal cual es. Pero después de la narración les propuse una actividad: devolverle al pez arcoíris sus escamas brillantes. Pero antes, tenían que darle un valor para que no fuese un pez arrogante.

Llevé un cuadro donde dibujé con acuarelas un pez y recorté unas escamas, entonces los niños tenían que elegir una y decir: «esta es la escama de…» La mayoría de niños decía la escama de la amistad, la escama de saber compartir, y la escama de la alegría (curiosamente, lo que le faltaba al pez en el cuento: amigos, saber compartir y alegría).

Este pequeño cambio deja el siguiente mensaje:

Puedes compartir tu luz con el mundo sin perder tu esencia

Claves para trabajar este cuento en casa o en el aula

  • Compartir no es perderse: enseñar que podemos dar sin renunciar a nuestra identidad
  • La humildad no es dejar de brillar: es reconocer el valor propio y el de los demás.
  • Nuestro brillo puede inspirar: lo que nos hace especiales puede ser un regalo para otros.

Actividades con El pez arcoíris

Además de la que os he contado, podéis hacer otras actividades como:

  • En casa, podéis decirle a vuestro pequeño/a que dibuje su escama brillante, aquello que le hace especial, le ponga los colores o materiales que quieran… podéis ponerles los recursos y que ellos elijan. Luego podéis ponerlo en su habitación o en algún lugar de la casa para que recuerden lo especial que es, aquello que le hace brillar.
  • En el cole, podéis hacer la misma actividad, que cada niño dibuje su escama y luego ponerlas en un mural que represente al grupo, y hagáis un «pez-aula» único y que sientan que juntos brillan más.

Reflexión final

El pez arcoíris es un cuento precioso para enseñar valores como la amistad, la generosidad y humildad, pero también es una oportunidad para hablar sobre la autoestima y la importancia de mantener nuestra identidad mientras compartimos con los demás.

Porque en el mar de la vida no se trata de que todos brillemos por igual, sino que cada uno aporte su propia luz.

REFLEX-RESEÑAS

Los sueños no se atrapan, se alimentan.

(Una reflexión a partir del cuento ¡Shhh! Tenemos un plan, de Chris Haughton)

El susurro de nuevos cuentos.

Llevo un tiempo trazando un plan. Un plan grande, importante, de esos que dan vértigo… y aun así quieres hacerlo.
Un plan para dejar la estabilidad de mi trabajo y dedicarme de lleno a Al Trasluz de los Cuentos, un proyecto que nace de mi propio crecimiento personal, que me inspira y me conecta con quien verdaderamente soy.

Hace unos días, me llamaron del Ayuntamiento de Casares. Les hice una propuesta personalizada, sentida, pensada desde la ilusión. Y, en esta ocasión, sentí la necesidad de renovar mis cuentos y compré algunos nuevos, entre ellos, ¡Shhh! Tenemos un plan, de Chris Haughton.

Como siempre digo, los cuentos tienen diferentes mensajes según quién los lea o los escuche. Este me hizo pensar en mi propio plan, en el tiempo que llevo construyéndolo… y en cómo, a veces, siento que ese «pájaro» que tanto deseo se escapa una y otra vez, pareciéndome inalcanzable.

Y entonces lo comprendí:
para alcanzar un sueño no basta con trazar un plan y perseguirlo, hay que alimentarlo, cuidarlo, caminar con él.

Tener un plan está bien, pero… ¿y el alma del sueño?

Trazar un plan no es el problema. Creo que es necesario hacerlo para tomar decisiones con cabeza, para no ponernos en riesgo. En mi caso, podría ir hoy mismo a Recursos Humanos y presentar una excedencia o una baja voluntaria. Pero perdería 15 años trabajados, quedaría sin ingresos y entraría en la ansiedad de tener que llenar talleres, buscar clientes, organizar sesiones…

Para lograrlo de forma sostenible, necesito construir una red: ahorrar, llenar la agenda poco a poco, sentir que puedo sostener la decisión con tranquilidad.

Pero claro, ¿qué ocurre? Que mientras trazo ese plan, a veces siento que el momento nunca llega. Me entra la impaciencia, el enfado… ¡Quiero soltar ya este trabajo! Y ahí es cuando se me olvida lo más importante: el motivo que me llevó a soñar este cambio.

No fue solo “salir de un lugar”. Fue entrar en otro más profundo: vivir con más sentido, con propósito, con autenticidad.

Este cuento, tan sencillo en texto como en imágenes, me recordó lo esencial:
mi sueño no necesita ser perseguido. Necesita ser alimentado.
Necesita que no solo piense en llegar, sino que disfrute lo que ya está ocurriendo mientras camino hacia él.

Cuando dejar de perseguir es el primer paso

No se trata de alejarse del objetivo ni de rendirse. Pero tampoco de forzarlo.

En el cuento, el pequeño personaje no intenta atrapar al pájaro como los demás. No corre. No se desespera. Solo se acerca… y crea vínculo.
Ahí está la clave.

Cuando me conecto con el disfrute de lo que ya estoy haciendo —las sesiones que preparo con mimo, los cuentos que escojo con cuidado, las personas con las que comparto camino— me siento más cerca de ese “pájaro” que deseo que se pose en mi hombro.

No se trata de abandonar el plan. Se trata de darle alma. De hacer que el sueño quiera quedarse conmigo.

El cuento me recordó que ya estoy en camino.
Que cada historia que comparto, cada niño o adulto que se detiene a escuchar, es parte del sueño hecho realidad.

Aunque aún no haya dejado mi trabajo, aunque el plan siga en construcción, ya estoy viviendo mi propósito.

Y el sueño crece —claro que sí— cuando lo riego con presencia, con coherencia, con alegría.
Y eso, aunque parezca poco, lo cambia todo.

Caminar con el sueño

Hoy miro mi plan con otros ojos.

He aprendido que, cuando camino con mi sueño, cuando lo alimento y lo disfruto, no solo un pájaro se queda conmigo.
Aparecen otros. Nuevas oportunidades, nuevas personas, nuevas ideas… que me acercan aún más a ese lugar que deseo.

P.D. Mientras escribía esta entrada, me llamaron para invitarme a participar en un nuevo proyecto.
Así es la magia de estar en conexión con lo que haces.

Sin categoría

Talleres de crecimiento personal

Son espacios de exploración y conexión. Utilizo el poder de los cuentos como puerta de entrada al mundo interior, combinándolas con herramientas de terapia Gestalt, expresión creativa y dinámicas vivenciales. Es un acompañamiento en tu recorrido de autodescubrimiento.

Dirigido a personas que deseen conocerse mejor, sanar, cultivar la autoestima o mejorar sus relaciones. Cada encuentro es un viaje a través de uno o varios cuentos, donde el relato se convierte en espejo y guía.

Descubre los talleres convocados actualmente:

REFLEX-RESEÑAS

El rebaño: la valentía de encontrar tu propio camino.

Desde el momento en que nacemos, formamos parte de un grupo: nuestra familia. A lo largo de la vida, nos integramos en diferentes «rebaños»: compañeros de clase, amigos, colegas de trabajo… Pertenecer a un grupo nos da seguridad, identidad y un sentimiento de conexión con los demás. Pero, ¿qué pasa cuando sentimos que ya no encajamos?

El sentido de pertenencia

Ser parte de un rebaño implica compartir valores, costumbres e ideas que se han transmitido de generación en generación. Nos influye en cómo nos vemos a nosotros mismos y en la forma en que nos relacionamos con el mundo. Cuantas más afinidades tenemos con un grupo, mayor es la sensación de pertenencia. Pero, ¿qué sucede si una oveja decide salir del grupo?

El dilema de alejarse del rebaño

El rebaño es un espacio seguro mientras sigas sus normas. Pero si empiezas a cuestionarlo o a ver el mundo de manera diferente, puede que te enfrentes a resistencia. El grupo intentará convencerte de que ellos son todo lo que necesitas, que si dudas, estás en un error. No porque tengan razón, sino porque es lo único que conocen.

La valentía de buscar tu propio camino

No tenemos por qué ser fieles a un mismo grupo toda la vida. Crecemos, cambiamos, evolucionamos. A veces, eso significa dejar atrás a un rebaño que ya no nos representa. Y aunque el miedo al cambio es real, también lo es la posibilidad de encontrar un nuevo camino que nos haga sentir más libres y alineados con quienes somos hoy.

Salir del rebaño no significa dejar de querer a quienes forman parte de él. Simplemente, implica reconocer que nuestra esencia ha cambiado y que nuevas experiencias nos esperan más allá de lo conocido.

«El rebaño», de Chren Byng y Andrew Joyner, es un cuento divertido con una reflexión profunda: a veces, la valentía no está en seguir al grupo, sino en atreverse a encontrar tu propio camino.

AMIGOS DE LOS CUENTOS

El Poder de la Educación: Sanando Almas Adultas y Sembrando Futuro en los Niños

La educación hoy en día es un derecho, pero sobre todo, es un bien público y una responsabilidad colectiva. Pero, ¿por qué es tan importante en la vida de las personas? La respuesta no está solo en el bien que esta pueda generar a cada uno, sino en el bien global: se trata del mundo que queremos y el mundo que queremos dejar a los que vengan detrás.

¿En qué queremos convertirnos? ¿Qué queremos aportar? ¿Cuáles son nuestros valores?

Como dice mi amiga Clara: «El arbolito, desde chiquitito». Y no le falta razón. Pero, ¿qué ocurre cuando el árbol adulto, tras el paso del tiempo, está roto, dañado o podrido? Ahí es donde la reeducación se vuelve esencial. La educación no solo debe centrarse en los más pequeños, sino también en aquellos adultos que venimos de una generación donde los sueños se perdieron por el camino y dejamos de creer y amar la vida.

Reeducando a los adultos: Rompiendo los moldes del pasado.

Para muchos de nosotros, la educación consistió en memorizar contenido, competir para ser el/la mejor de la clase y cumplir las expectativas de otros, sin importar nuestros gustos o habilidades. Nos hicieron creer que si memorizábamos contenido y sacábamos buenas notas tendríamos un trabajo fijo que nos haría felices, pero nadie nos transmitió el amor ni la importancia de aquello que «aprendíamos». Nuestros talentos, pasiones y sueños quedaron relegados a un segundo plano. La consigna era: «Haz lo que tiene salida, lo que te dará seguridad, no lo que amas». Y el resultado de todo esto es que nos atamos a trabajos que no nos satisfacen, abandonando nuestras habilidades, y nos sumergimos en una vida que no refleja quiénes somos realmente y nos vamos apagando poco a poco.

Reeducar no solo significa adquirir nuevas habilidades o conocimientos, sino redescubrir nuevos valores y aquello que nos mueve. Significa despertar ese «yo» que quedó oculto bajo capas de expectativas sociales y profesionales. Y en esta reeducación, los cuentos son una importante herramienta.

Cuentos como herramientas de transformación

Los cuentos tienen un poder transformador, ya que contienen la sabiduría de generaciones pasadas que supieron plasmarlas a través de arquetipos y símbolos, y aunque a veces se les tacha de anticuados o machistas, su verdadero valor radica en las enseñanzas universales que ofrecen.

En la educación de hoy no solo debemos considerar los cuentos para ayudar a los niños a desarrollar valores, comprender el mundo y comprenderse mejor, sino también, para ayudar a los adultos a reconectar con ellos mismos, sanar sus heridas y sentirse en conexión con la vida.

Cuentos como semillas para el futuro

Hoy en día existen multitud de álbumes ilustrados y cuentos muy buenos con los que se puede trabajar la educación emocional, las habilidades sociales y el desarrollo sostenible. Y aunque la cultura moderna ha malinterpretado o suavizado los cuentos maravillosos, no debemos dejarlos de lado, pues contienen enseñanzas profundas y atemporales, como el viaje del héroe y su lucha por el crecimiento.

Un futuro donde todos crecen

Todos estamos en constante proceso de aprendizaje, y como sociedad, tenemos la responsabilidad de brindarles a los más pequeños herramientas para que puedan descubrir quiénes son realmente y qué pueden aportar al mundo.

Pero como empezamos diciendo, no solo tenemos que aportar estas herramientas a los niños: en mi trabajo con cuentos, ya sea a través de la Terapia Grupal con Cuentos o los vídeos de Youtube, los utilizo para sanar y despertar con pequeñas tomas de conciencia.

No importa la edad. siempre hay espacio para sanar, crecer y florecer. Y no conozco mejor forma para hacerlo que a través de la magia de los cuentos.

REFLEX-RESEÑAS

Soy un árbol.

Me encanta abrazar árboles.

Sí, ya sé que estarás pensando «la loca esta», pero no creo que haya nada de loco en sentirse en conexión con la madre naturaleza. Al igual que ocurre en ella, venimos de semillas que echan raíces en el útero materno para luego ir creciendo y convertirnos en quienes somos.

Si echa raíces, la semilla agarrará y empezará a crecer.

Si conocemos nuestras raíces, sabremos de dónde venimos y será más fácil saber hacia dónde queremos ir.

Si echamos raíces, de nuestro árbol comenzarán a salir brotes y seguiremos creciendo.

Pero no basta con echar raíces, hay que seguir cuidando la semillita para que esta crezca:

Cada especie tiene unas necesidades diferentes, igual que las personas. Por ejemplo, unas necesitan más humedad, otras en cambio, más sol.

No todos necesitamos lo mismo ni en el mismo momento.

Eso sí, tanto los árboles como las personas, necesitamos un mínimo de cuidados para poder crecer.

Pero estos deben ser adecuados, precisos, pues a veces queremos regarlos tanto que terminamos ahogándolos y se pudren. Otras, en cambio, si no le prestamos atención, se secan e igualmente mueren.

Por eso es importante conocer qué tipo de cuidados necesita cada «árbol» y en qué momento evolutivo se encuentra.

Me encanta abrazarlos, sí.

Porque son un regalo de la vida… igual que los bebés.

Igual que todos los niños y niñas…

Igual que muchas personas que llegan para quedarse en nuestra vida…

Igual que TÚ y yo.

Igual que Nosotros.

Porque todos somos semillas. Todos vinimos a este mundo siendo un milagro de la vida.

ABRAZA A LA VIDA.

Reflexión inspirada en el cuento SOY UN ARBOL, de Sylvaine Jaoui y Anne Crahay. EDITORIAL KÓKINOS.

REFLEX-RESEÑAS

A mi lado.

Algunas veces, estamos con la vista tan puesta en el futuro, que nos perdemos lo que está pasando. Y lo que está pasando tiene que ver también con las personas que tenemos a nuestro lado.

Algunas veces, miramos tanto al frente, que no vemos los nuevos caminos que se abren a nuestro alrededor, no vemos las posibilidades.

Algunas veces, estamos tan concentrados en lo que vendrá, en lo que queremos que venga, o en lo que nos da miedo que suceda, que no prestamos atención a las personas que conforman nuestro mundo, nuestro presente.

Hasta que un día, algo sucede.

Y alguien te mira.

Y te pregunta cómo estás.

Y te pregunta por aquello que hace tiempo no haces, como contar cuentos o escribir publicaciones. Y te devuelve al momento presente.

Y te mira. Y te sonríe. Y te recuerda que lo que hacías te da vidilla.

Y es que, esperando una vida, se ha paralizado la mía.

Pero los parones sirven. Sirven para reconectar contigo. Para recolocarte. En mi caso, para saber que quiero seguir caminando por el camino de los cuentos y que ese camino, quiero vivirlo acompañada: de vuestro calor, de vuestro cariño; el de mis seres queridos, mi familia, mis amigas, mis amigos, vosotros, mis lectores y seguidores… y la vida que esté por venir, que venga, que la acogeré con los brazos abiertos y seguiré caminando, a su lado.

Gracias por acompañarme en el camino.

Gracias por estar A mi lado.

Cuento: A mi lado, de Anne Mulpas y Marjorie Pourchet. Editorial Pípala.

REFLEX-RESEÑAS

Cuando os hagáis pequeños: reflexiones sobre el alzhéimer.

Cuento «Cuando os hagáis pequeños» – Uxue Alberdi; Aitziber Akerreta – Editorial Kalandraka

De mis cuatro abuelos, he visto cómo «se hacían pequeños» tres de ellos.

Al principio fue duro, como todas las cosas que se escapan de nuestro entendimiento. El primero fue el Abuelo Manuel:

Como el chiste, decía que iba por tabaco y no volvía. Pero no porque no quisiera volver, sino porque no se acordaba de cómo se volvía, se desorientaba. Entonces, teníamos que ir a buscarlo. Recuerdo estar en el colegio por la tarde y venir una monja a clase y decirme que mi madre había dicho que saliera a buscar a mi abuelo, a ver si dos ojos más lo encontraban, porque mis padres y mis hermanos llevaban ya rato buscándolo y no daban con él. Al final lo encontró mi padre y cuando lo vio hizo como el que no le estaba buscando y le dijo:

  • Hombre Manuel, ¡¿qué hace usted por aquí?!
  • Pues nada, aquí he venido a mover un bloque del espigón que estaba mal puesto
  • ¿y ha podido?
  • Que va, eso no hay manera de moverlo.
  • voy para casa, ¿se viene?
  • Sí…

Y así se lo llevó.

En otras ocasiones te contaba que había visto a Pepe Ruiz y que había estado hablando con él (por poner un nombre, porque no lo recuerdo) y resultaba que a Pepe Ruiz lo había conocido en el ejército y murió joven.

La segunda en hacerse pequeña fue Rosario, su mujer. Me entristecía mucho cuando llegaba a casa de mi abuela y me preguntaba treinta veces quién era yo. Se lo decía:

  • abuela, soy yo, tu nieta Luz Mari, hija de tu Joaquina.
  • ah sí, es verdad hija, ya sé quien eres…

Así a cada rato. Hasta que llegó un momento que no nos conocía a nadie. Se dedicaba a ver la tele, mecerse y chirriar los dientes. Sin embargo, en ese estado también me he reído mucho con ella. Probablemente la he visto reír más que nunca:

Desde joven me gustan mucho los gorros. Un invierno, llegué de la calle y cuando fui a verla me levantaba la mano señalándome el gorro y se lo di. Hizo el amago de querer ponérselo y no podía, así que se lo puse yo. Y sonreía coqueta y feliz.

Otro día, había un vaso al filo de la mesa y ella al verlo lo echó al centro de la misma. Yo pensé: «mira como se ha dado cuenta de que se puede caer», y entonces lo volví a poner en el filo, sin decirle nada. Ella sin decir nada lo volvió a poner en el centro de la mesa. Asombrada, lo volví a poner en el filo, ella lo volvió a poner en el centro… y así repetimos la operación varias veces seguidas sin decir nada, hasta que me dijo:

  • ¡¡¡estate quieta ya, niña!!!

Y seguidamente saltamos a carcajadas las dos.

Cuando la Abuela Pepa empezó a hacerse pequeña, ya no dolía tanto. Había una parte de mí que seguía sintiendo esa tristeza y otra que aceptaba que ya empezaba a decir adiós. De aquella época lo que más recuerdo era que cuando estaba con nosotros llamaba sin cesar a mi tía Pepi: «Pepitaaaaaa… Pepitaaaaa…»

Me gusta pensar que se hacen pequeños porque tienen cosas que resolver con personas que han conocido en su vida, y por eso «las ven y hablan con ellas», y así poder irse en paz.

Me gusta pensar que se hacen pequeños para atreverse a decir y hacer las cosas que de mayores no se atrevieron, y así poder irse en paz.

Me gusta pensar que se hacen pequeños para dar la lata que no dieron porque estuvieron por y para los demás, y así poder irse en paz.

Y sobre todo, me gusta pensar en ellos. En mi abuelo Francisco también, que no lo vi hacerse pequeño y fue el primero en decirme adiós. Al menos, pude despedirme de él.

A todos ellos hoy le doy las gracias, por cada uno de sus momentos: de mayores y de pequeños. Os quiero.

Gracias por haberme enseñado a amaros, SIEMPRE, en todos vuestros momentos.