REFLEX-RESEÑAS

El rebaño: la valentía de encontrar tu propio camino.

Desde el momento en que nacemos, formamos parte de un grupo: nuestra familia. A lo largo de la vida, nos integramos en diferentes «rebaños»: compañeros de clase, amigos, colegas de trabajo… Pertenecer a un grupo nos da seguridad, identidad y un sentimiento de conexión con los demás. Pero, ¿qué pasa cuando sentimos que ya no encajamos?

El sentido de pertenencia

Ser parte de un rebaño implica compartir valores, costumbres e ideas que se han transmitido de generación en generación. Nos influye en cómo nos vemos a nosotros mismos y en la forma en que nos relacionamos con el mundo. Cuantas más afinidades tenemos con un grupo, mayor es la sensación de pertenencia. Pero, ¿qué sucede si una oveja decide salir del grupo?

El dilema de alejarse del rebaño

El rebaño es un espacio seguro mientras sigas sus normas. Pero si empiezas a cuestionarlo o a ver el mundo de manera diferente, puede que te enfrentes a resistencia. El grupo intentará convencerte de que ellos son todo lo que necesitas, que si dudas, estás en un error. No porque tengan razón, sino porque es lo único que conocen.

La valentía de buscar tu propio camino

No tenemos por qué ser fieles a un mismo grupo toda la vida. Crecemos, cambiamos, evolucionamos. A veces, eso significa dejar atrás a un rebaño que ya no nos representa. Y aunque el miedo al cambio es real, también lo es la posibilidad de encontrar un nuevo camino que nos haga sentir más libres y alineados con quienes somos hoy.

Salir del rebaño no significa dejar de querer a quienes forman parte de él. Simplemente, implica reconocer que nuestra esencia ha cambiado y que nuevas experiencias nos esperan más allá de lo conocido.

«El rebaño», de Chren Byng y Andrew Joyner, es un cuento divertido con una reflexión profunda: a veces, la valentía no está en seguir al grupo, sino en atreverse a encontrar tu propio camino.

AMIGOS DE LOS CUENTOS

El Poder de la Educación: Sanando Almas Adultas y Sembrando Futuro en los Niños

La educación hoy en día es un derecho, pero sobre todo, es un bien público y una responsabilidad colectiva. Pero, ¿por qué es tan importante en la vida de las personas? La respuesta no está solo en el bien que esta pueda generar a cada uno, sino en el bien global: se trata del mundo que queremos y el mundo que queremos dejar a los que vengan detrás.

¿En qué queremos convertirnos? ¿Qué queremos aportar? ¿Cuáles son nuestros valores?

Como dice mi amiga Clara: «El arbolito, desde chiquitito». Y no le falta razón. Pero, ¿qué ocurre cuando el árbol adulto, tras el paso del tiempo, está roto, dañado o podrido? Ahí es donde la reeducación se vuelve esencial. La educación no solo debe centrarse en los más pequeños, sino también en aquellos adultos que venimos de una generación donde los sueños se perdieron por el camino y dejamos de creer y amar la vida.

Reeducando a los adultos: Rompiendo los moldes del pasado.

Para muchos de nosotros, la educación consistió en memorizar contenido, competir para ser el/la mejor de la clase y cumplir las expectativas de otros, sin importar nuestros gustos o habilidades. Nos hicieron creer que si memorizábamos contenido y sacábamos buenas notas tendríamos un trabajo fijo que nos haría felices, pero nadie nos transmitió el amor ni la importancia de aquello que «aprendíamos». Nuestros talentos, pasiones y sueños quedaron relegados a un segundo plano. La consigna era: «Haz lo que tiene salida, lo que te dará seguridad, no lo que amas». Y el resultado de todo esto es que nos atamos a trabajos que no nos satisfacen, abandonando nuestras habilidades, y nos sumergimos en una vida que no refleja quiénes somos realmente y nos vamos apagando poco a poco.

Reeducar no solo significa adquirir nuevas habilidades o conocimientos, sino redescubrir nuevos valores y aquello que nos mueve. Significa despertar ese «yo» que quedó oculto bajo capas de expectativas sociales y profesionales. Y en esta reeducación, los cuentos son una importante herramienta.

Cuentos como herramientas de transformación

Los cuentos tienen un poder transformador, ya que contienen la sabiduría de generaciones pasadas que supieron plasmarlas a través de arquetipos y símbolos, y aunque a veces se les tacha de anticuados o machistas, su verdadero valor radica en las enseñanzas universales que ofrecen.

En la educación de hoy no solo debemos considerar los cuentos para ayudar a los niños a desarrollar valores, comprender el mundo y comprenderse mejor, sino también, para ayudar a los adultos a reconectar con ellos mismos, sanar sus heridas y sentirse en conexión con la vida.

Cuentos como semillas para el futuro

Hoy en día existen multitud de álbumes ilustrados y cuentos muy buenos con los que se puede trabajar la educación emocional, las habilidades sociales y el desarrollo sostenible. Y aunque la cultura moderna ha malinterpretado o suavizado los cuentos maravillosos, no debemos dejarlos de lado, pues contienen enseñanzas profundas y atemporales, como el viaje del héroe y su lucha por el crecimiento.

Un futuro donde todos crecen

Todos estamos en constante proceso de aprendizaje, y como sociedad, tenemos la responsabilidad de brindarles a los más pequeños herramientas para que puedan descubrir quiénes son realmente y qué pueden aportar al mundo.

Pero como empezamos diciendo, no solo tenemos que aportar estas herramientas a los niños: en mi trabajo con cuentos, ya sea a través de la Terapia Grupal con Cuentos o los vídeos de Youtube, los utilizo para sanar y despertar con pequeñas tomas de conciencia.

No importa la edad. siempre hay espacio para sanar, crecer y florecer. Y no conozco mejor forma para hacerlo que a través de la magia de los cuentos.

REFLEX-RESEÑAS

A mi lado.

Algunas veces, estamos con la vista tan puesta en el futuro, que nos perdemos lo que está pasando. Y lo que está pasando tiene que ver también con las personas que tenemos a nuestro lado.

Algunas veces, miramos tanto al frente, que no vemos los nuevos caminos que se abren a nuestro alrededor, no vemos las posibilidades.

Algunas veces, estamos tan concentrados en lo que vendrá, en lo que queremos que venga, o en lo que nos da miedo que suceda, que no prestamos atención a las personas que conforman nuestro mundo, nuestro presente.

Hasta que un día, algo sucede.

Y alguien te mira.

Y te pregunta cómo estás.

Y te pregunta por aquello que hace tiempo no haces, como contar cuentos o escribir publicaciones. Y te devuelve al momento presente.

Y te mira. Y te sonríe. Y te recuerda que lo que hacías te da vidilla.

Y es que, esperando una vida, se ha paralizado la mía.

Pero los parones sirven. Sirven para reconectar contigo. Para recolocarte. En mi caso, para saber que quiero seguir caminando por el camino de los cuentos y que ese camino, quiero vivirlo acompañada: de vuestro calor, de vuestro cariño; el de mis seres queridos, mi familia, mis amigas, mis amigos, vosotros, mis lectores y seguidores… y la vida que esté por venir, que venga, que la acogeré con los brazos abiertos y seguiré caminando, a su lado.

Gracias por acompañarme en el camino.

Gracias por estar A mi lado.

Cuento: A mi lado, de Anne Mulpas y Marjorie Pourchet. Editorial Pípala.

REFLEX-RESEÑAS

Cuando os hagáis pequeños: reflexiones sobre el alzhéimer.

Cuento «Cuando os hagáis pequeños» – Uxue Alberdi; Aitziber Akerreta – Editorial Kalandraka

De mis cuatro abuelos, he visto cómo «se hacían pequeños» tres de ellos.

Al principio fue duro, como todas las cosas que se escapan de nuestro entendimiento. El primero fue el Abuelo Manuel:

Como el chiste, decía que iba por tabaco y no volvía. Pero no porque no quisiera volver, sino porque no se acordaba de cómo se volvía, se desorientaba. Entonces, teníamos que ir a buscarlo. Recuerdo estar en el colegio por la tarde y venir una monja a clase y decirme que mi madre había dicho que saliera a buscar a mi abuelo, a ver si dos ojos más lo encontraban, porque mis padres y mis hermanos llevaban ya rato buscándolo y no daban con él. Al final lo encontró mi padre y cuando lo vio hizo como el que no le estaba buscando y le dijo:

  • Hombre Manuel, ¡¿qué hace usted por aquí?!
  • Pues nada, aquí he venido a mover un bloque del espigón que estaba mal puesto
  • ¿y ha podido?
  • Que va, eso no hay manera de moverlo.
  • voy para casa, ¿se viene?
  • Sí…

Y así se lo llevó.

En otras ocasiones te contaba que había visto a Pepe Ruiz y que había estado hablando con él (por poner un nombre, porque no lo recuerdo) y resultaba que a Pepe Ruiz lo había conocido en el ejército y murió joven.

La segunda en hacerse pequeña fue Rosario, su mujer. Me entristecía mucho cuando llegaba a casa de mi abuela y me preguntaba treinta veces quién era yo. Se lo decía:

  • abuela, soy yo, tu nieta Luz Mari, hija de tu Joaquina.
  • ah sí, es verdad hija, ya sé quien eres…

Así a cada rato. Hasta que llegó un momento que no nos conocía a nadie. Se dedicaba a ver la tele, mecerse y chirriar los dientes. Sin embargo, en ese estado también me he reído mucho con ella. Probablemente la he visto reír más que nunca:

Desde joven me gustan mucho los gorros. Un invierno, llegué de la calle y cuando fui a verla me levantaba la mano señalándome el gorro y se lo di. Hizo el amago de querer ponérselo y no podía, así que se lo puse yo. Y sonreía coqueta y feliz.

Otro día, había un vaso al filo de la mesa y ella al verlo lo echó al centro de la misma. Yo pensé: «mira como se ha dado cuenta de que se puede caer», y entonces lo volví a poner en el filo, sin decirle nada. Ella sin decir nada lo volvió a poner en el centro de la mesa. Asombrada, lo volví a poner en el filo, ella lo volvió a poner en el centro… y así repetimos la operación varias veces seguidas sin decir nada, hasta que me dijo:

  • ¡¡¡estate quieta ya, niña!!!

Y seguidamente saltamos a carcajadas las dos.

Cuando la Abuela Pepa empezó a hacerse pequeña, ya no dolía tanto. Había una parte de mí que seguía sintiendo esa tristeza y otra que aceptaba que ya empezaba a decir adiós. De aquella época lo que más recuerdo era que cuando estaba con nosotros llamaba sin cesar a mi tía Pepi: «Pepitaaaaaa… Pepitaaaaa…»

Me gusta pensar que se hacen pequeños porque tienen cosas que resolver con personas que han conocido en su vida, y por eso «las ven y hablan con ellas», y así poder irse en paz.

Me gusta pensar que se hacen pequeños para atreverse a decir y hacer las cosas que de mayores no se atrevieron, y así poder irse en paz.

Me gusta pensar que se hacen pequeños para dar la lata que no dieron porque estuvieron por y para los demás, y así poder irse en paz.

Y sobre todo, me gusta pensar en ellos. En mi abuelo Francisco también, que no lo vi hacerse pequeño y fue el primero en decirme adiós. Al menos, pude despedirme de él.

A todos ellos hoy le doy las gracias, por cada uno de sus momentos: de mayores y de pequeños. Os quiero.

Gracias por haberme enseñado a amaros, SIEMPRE, en todos vuestros momentos.

REFLEX-RESEÑAS

El Mundo es Tuyo: conectando con la vida


AUTOR: RICCARDO BOZZI – EDITORIAL: EDITORIAL JUVENTUD

Si tu dolencia es la desesperanza, la desidia o cualquier sentimiento que carezca de conexión con la vida, El Mundo es Tuyo puede venirte muy bien para recordarte que eres libre:

  • de jugar
  • de amar
  • de pensar
  • de estar triste
  • y de ser feliz

porque el mundo es tuyo y tú decides qué hacer en él y con él, con el mundo exterior y con tu mundo interior.

En mi viaje a Italia tuve presente este cuento, se me venía a la cabeza una y otra vez y sabía que a la vuelta la siguiente Reflex-Reseña sería esta. Curiosamente, además, su autor es italiano….¿casualidad o sincronía?

Hacía mucho que no viajaba; hacía mucho que no viajaba en plan mochilera; y jamás había viajado en solitario. A pesar del COVID, de los papeles que tuve que rellenar, vacunarme, los controles del aeropuerto… ha sido un viaje que he disfrutado mucho y en el que las sensaciones de movimiento y libertad me han acompañado durante los cinco días, hasta mi vuelta.

Me di cuenta que era yo quien decidía si quedarme en mi pueblo quejándome del Covid y no moverme o viajar a pesar de las limitaciones, ya que la posibilidad de hacerlo estaba ahí. Fui más consciente de que tengo la posibilidad de transformar mi vida en función de las decisiones que voy tomando y que viajar es una decisión que me hace sentir felicidad y es en esa dirección donde quiero que vayan mis decisiones.

Viajar me conecta con la vida. Hace que me sienta parte del mundo, explorando sus calles, sus construcciones, la forma de expresar su cultura, su ocio… es abrirte a nuevas experiencias y a un nuevo aprendizaje. De este viaje he aprendido tres cosas:

  • LOS «POR SI» SOBRAN. Pesan en la mochila y hace que tu camino sea más doloroso y cansado. Cuando me sentía así pensaba: «¿de qué puedo/quiero desprenderme?» Así que solté un par de cosas que me sobraban y seguí mi camino sabiendo que en la vida hay que andar con lo justo y necesario.
  • CONFÍA EN TU CAPACIDAD DE IMPROVISACIÓN. Dejé el viaje abierto a cambios y esto hizo que lo disfrutara prestando atención a lo que me sucedía en cada momento, escuchando si estaba cansada, si me apetecía ir a otro sitio del que había planeado en un primer momento, si perdía un tren… tenía siempre los recursos necesarios para enderezar o cambiar la situación y en medio de todo esto aparecían situaciones maravillosas como ver sitios que no había imaginado o hablaba con alguien que si no hubiera cogido «ese» tren no hubiera hablado.
  • AL IGUAL QUE EN «EL VIAJE DE LA VIDA», HAY MOMENTOS PARA TODO: hay momentos para ilusionarte y sentir cosquillas en la barriga; para que la curiosidad te lleve a explorar preciosas calles recónditas; hay momentos para emocionarte, llorar e incluso cabrearte (así fue la vuelta… no me quería venir jijiji), porque todas esas emociones forman parte de ti, de tu ser, y hay que dejarles un sitio para luego dejarlas ir y seguir recorriendo la vida, sintiéndote parte de algo tan grande y maravilloso como es El Mundo en el que vivimos.

Porque El Mundo es tu Tuyo…

…. y tú eres el mundo.

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Educar y reeducar con cuentos

La educación hoy en día es un derecho y además, es un bien público y una responsabilidad colectiva.

Pero, ¿por qué es tan importante la educación en la vida de las personas? La respuesta no está solo en el bien que la educación puede aportar a cada persona, sino en el bien global: se trata del mundo que queremos y el mundo que queremos dejar a los que vengan detrás.

¿En qué queremos convertirnos? ¿Qué queremos aportar? ¿Cuáles son nuestros valores?

Como dice mi amiga Clara: “el arbolito, desde chiquitito”. Y no le falta razón. Pero, ¿qué pasa cuando un árbol adulto está podrido, dañado o roto por los acontecimientos del paso del tiempo? 

Una educación de calidad te invita a transformarte. Y es aquí donde el árbol adulto, podrido, dañado o roto, toma especial relevancia. Porque no solo hay que educar a los más pequeños, sino hay que reeducar a los adultos que venimos de una generación donde los sueños se perdieron por el camino y dejamos de creer y amar la vida.

Es importante educar en valores para una sociedad desarrollada con personas que se sientan realizadas y por ende más felices desde pequeños, pero la realidad es que muchos adultos, por no decir la mayoría, nos han educado adoctrinándonos para memorizar contenidos y “portarnos bien”, sin importar nuestros gustos y habilidades. Nos han educado para ser el mejor de la clase y por tanto triunfarías en la vida o por el contrario serías un fracasado. Nos hicieron creer que si memorizábamos contenido tendríamos un trabajo fijo que nos haría felices, pero nadie nos transmitió el amor ni la importancia de aquello que “aprendíamos”. Tampoco nadie tuvo en cuenta nuestros dones, nuestros gustos o sueños y si te atrevías a decirlo el mensaje era algo así como “te vas a morir de hambre”. Entonces, para no morirte de hambre, estudias algo que tenga salida, que puedes hacer pero que no te apasiona, o trabajas de lo primero que te sale y te quedas agarrado a un clavo ardiendo para siempre. Poco a poco te vas apagando, porque tus dones, aquello que realmente se te da bien y sabes hacer de manera natural y sin esfuerzo, se ven solapados por un montón de mensajes que nos dijeron de pequeños.

Por eso, no solo hay que educar a las nuevas generación en valores de respeto, tolerancia, igualdad, inclusión, cooperación… hay que sacar lo mejor de ellos para que puedan aportar su semilla en este mundo y hay que reeducar a aquellos adultos que ya no creen en sí mismos y se encuentran entristecidos porque no se sienten realizados.

Y no conozco mejor herramienta para sembrar estas semillas y potenciar todos estos valores , que los cuentos. Hoy en día existen multitud de cuentos o álbumes ilustrados muy buenos, que contribuyen con estos valores de desarrollo sostenible y además, tenemos también los cuentos maravillosos, que contienen toda la sabiduría de nuestros antepasados para transmitir valores y resolver conflictos, aunque estos hoy sean tachados de machistas o crueles, ya que así nos los hizo ver la factoría Disney. Pero esto, es otra historia…