REFLEX-RESEÑAS

Cuando os hagáis pequeños: reflexiones sobre el alzhéimer.

Cuento «Cuando os hagáis pequeños» – Uxue Alberdi; Aitziber Akerreta – Editorial Kalandraka

De mis cuatro abuelos, he visto cómo «se hacían pequeños» tres de ellos.

Al principio fue duro, como todas las cosas que se escapan de nuestro entendimiento. El primero fue el Abuelo Manuel:

Como el chiste, decía que iba por tabaco y no volvía. Pero no porque no quisiera volver, sino porque no se acordaba de cómo se volvía, se desorientaba. Entonces, teníamos que ir a buscarlo. Recuerdo estar en el colegio por la tarde y venir una monja a clase y decirme que mi madre había dicho que saliera a buscar a mi abuelo, a ver si dos ojos más lo encontraban, porque mis padres y mis hermanos llevaban ya rato buscándolo y no daban con él. Al final lo encontró mi padre y cuando lo vio hizo como el que no le estaba buscando y le dijo:

  • Hombre Manuel, ¡¿qué hace usted por aquí?!
  • Pues nada, aquí he venido a mover un bloque del espigón que estaba mal puesto
  • ¿y ha podido?
  • Que va, eso no hay manera de moverlo.
  • voy para casa, ¿se viene?
  • Sí…

Y así se lo llevó.

En otras ocasiones te contaba que había visto a Pepe Ruiz y que había estado hablando con él (por poner un nombre, porque no lo recuerdo) y resultaba que a Pepe Ruiz lo había conocido en el ejército y murió joven.

La segunda en hacerse pequeña fue Rosario, su mujer. Me entristecía mucho cuando llegaba a casa de mi abuela y me preguntaba treinta veces quién era yo. Se lo decía:

  • abuela, soy yo, tu nieta Luz Mari, hija de tu Joaquina.
  • ah sí, es verdad hija, ya sé quien eres…

Así a cada rato. Hasta que llegó un momento que no nos conocía a nadie. Se dedicaba a ver la tele, mecerse y chirriar los dientes. Sin embargo, en ese estado también me he reído mucho con ella. Probablemente la he visto reír más que nunca:

Desde joven me gustan mucho los gorros. Un invierno, llegué de la calle y cuando fui a verla me levantaba la mano señalándome el gorro y se lo di. Hizo el amago de querer ponérselo y no podía, así que se lo puse yo. Y sonreía coqueta y feliz.

Otro día, había un vaso al filo de la mesa y ella al verlo lo echó al centro de la misma. Yo pensé: «mira como se ha dado cuenta de que se puede caer», y entonces lo volví a poner en el filo, sin decirle nada. Ella sin decir nada lo volvió a poner en el centro de la mesa. Asombrada, lo volví a poner en el filo, ella lo volvió a poner en el centro… y así repetimos la operación varias veces seguidas sin decir nada, hasta que me dijo:

  • ¡¡¡estate quieta ya, niña!!!

Y seguidamente saltamos a carcajadas las dos.

Cuando la Abuela Pepa empezó a hacerse pequeña, ya no dolía tanto. Había una parte de mí que seguía sintiendo esa tristeza y otra que aceptaba que ya empezaba a decir adiós. De aquella época lo que más recuerdo era que cuando estaba con nosotros llamaba sin cesar a mi tía Pepi: «Pepitaaaaaa… Pepitaaaaa…»

Me gusta pensar que se hacen pequeños porque tienen cosas que resolver con personas que han conocido en su vida, y por eso «las ven y hablan con ellas», y así poder irse en paz.

Me gusta pensar que se hacen pequeños para atreverse a decir y hacer las cosas que de mayores no se atrevieron, y así poder irse en paz.

Me gusta pensar que se hacen pequeños para dar la lata que no dieron porque estuvieron por y para los demás, y así poder irse en paz.

Y sobre todo, me gusta pensar en ellos. En mi abuelo Francisco también, que no lo vi hacerse pequeño y fue el primero en decirme adiós. Al menos, pude despedirme de él.

A todos ellos hoy le doy las gracias, por cada uno de sus momentos: de mayores y de pequeños. Os quiero.

Gracias por haberme enseñado a amaros, SIEMPRE, en todos vuestros momentos.

2 comentarios en “Cuando os hagáis pequeños: reflexiones sobre el alzhéimer.”

Replica a Yasmina Cancelar la respuesta